Después del resonante cachetazo que le dio Will Smith a Chris Rock en la entrega previa de los premios que otorga la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, este año la ceremonia que consagró a Todo en todas partes al mismo tiempo como la mejor película se llevó a cabo con una celeridad y un tono que no permitió disrupciones de ninguna clase. En esta nota, un repaso por los altibajos de una noche en la que primó el deseo de inclusión, en muchas ocasiones en detrimento, paradójicamente, de diferentes formas de hacer cine .
Más allá del tiempo transcurrido, estaba claro que la huella que dejó el “Slapgate” iba a convertirse en el elefante en la habitación para los organizadores de la ceremonia. Por lo tanto, apelaron al timming para la comedia de su conductor, Jimmy Kimmel, un anfitrión sobrio y no precisamente controversial, para aludir al tópico desde el inicio.
“Este año me voy a asegurar de que todos la pasen bien, al igual que yo; me voy a cuidar y por eso, si veo algún indicio de violencia física, le voy a dar un Oscar a esa persona y tiempo para su discurso ”, expresó el anfitrión en uno de los primeros gags de su monólogo de apertura. De esta forma, se resolvía el enigma de si los Oscar iban a hacer referencia a uno de los mayores escándalos suscitados en su epicentro.
Después del resonante cachetazo que le dio Will Smith a Chris Rock en la entrega previa de los premios que otorga la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, este año la ceremonia que consagró a Todo en todas partes al mismo tiempo como la mejor película se llevó a cabo con una celeridad y un tono que no permitió disrupciones de ninguna clase. En esta nota, un repaso por los altibajos de una noche en la que primó el deseo de inclusión, en muchas ocasiones en detrimento, paradójicamente, de diferentes formas de hacer cine .
Más allá del tiempo transcurrido, estaba claro que la huella que dejó el “Slapgate” iba a convertirse en el elefante en la habitación para los organizadores de la ceremonia. Por lo tanto, apelaron al timming para la comedia de su conductor, Jimmy Kimmel, un anfitrión sobrio y no precisamente controversial, para aludir al tópico desde el inicio.
“ Este año me voy a asegurar de que todos la pasen bien, al igual que yo; me voy a cuidar y por eso, si veo algún indicio de violencia física, le voy a dar un Oscar a esa persona y tiempo para su discurso ”, expresó el anfitrión en uno de los primeros gags de su monólogo de apertura. De esta forma, se resolvía el enigma de si los Oscar iban a hacer referencia a uno de los mayores escándalos suscitados en su epicentro.
La broma, que fue retomada horas más tarde, tuvo su correlato con el tono de la ceremonia, una que se llevó a cabo sin estridencias, pero también sin momentos verdaderamente memorables. La fluidez de la entrega, que se desarrolló de manera puntual y sin sobresaltos, fue lograda no solo por Kimmel sino también por presentadores que cumplieron su labor correctamente y con algunos que incluso tuvieron chispazos de creatividad, como Elizabeth Banks y la compañía del “oso intoxicado” de su exitoso film homónimo.
Asimismo, los números musicales, armónicamente distribuidos, tampoco resultaron disonantes. El equilibrio entre la rendición “al desnudo” de Lady Gaga de “Hold My Hand”, la emotividad de Rihanna al interpretar “Lift Me Up” y la fiesta que se suscitó cuando llegó el momento de la ganadora “Naatu Naatu” contribuyeron a que no se produzcan baches.
Lo mismo sucedió al momento de presentar el In Memoriam, donde la voz de Lenny Kravitz, la poderosa imagen de un emocionado John Travolta y las imágenes de los artistas que fallecieron en el último año (hubo algunos olvidos, a esta altura, imperdonables) siguieron en la línea de la sobriedad, de no recargar una ceremonia con saltos al vacío. En síntesis: si todo fluyó, fue porque no se buscó arriesgar demasiado. Tras el “slapgate”, la decisión fue correcta.






