Hace 25 años, El Salvador vivió uno de los episodios más trágicos de su historia moderna. Un terremoto de 7.6 grados en la escala de Richter sacudió el país el sábado 13 de enero de 2001, dejando una huella imborrable en la memoria colectiva de los salvadoreños. En tan solo 45 segundos, la tierra reclamó vidas, hogares y comunidades enteras, especialmente en zonas como Santa Tecla, La Libertad, donde el desastre alcanzó niveles catastróficos.
A las 11:33 de la mañana, un temblor arrasó el territorio nacional, pero el mayor impacto se concentró en la colonia Las Colinas. Allí, un deslave proveniente de la Cordillera del Bálsamo sepultó cerca de 200 viviendas, dejando más de 600 personas fallecidas. Otros puntos críticos incluyeron la vía hacia el turicentro “Los Chorros”, en Colón, y la carretera a Comasagua, donde derrumbes de gran magnitud cobraron la vida de decenas de personas.

Según cifras oficiales del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, el terremoto dejó un saldo de 944 muertos, 125 personas reportadas como desaparecidas, más de 1,155 edificios públicos dañados y alrededor de un millón de afectados en todo el país. La tragedia se repitió, de manera menos intensa pero igualmente impactante, un mes después, recordando la vulnerabilidad de los salvadoreños frente a los fenómenos naturales y la importancia de la preparación ante desastres.
A dos décadas y media de aquel fatídico 13 de enero, los recuerdos de pérdida y dolor permanecen vivos, pero también lo hace el compromiso de un país que ha aprendido a reconstruirse y a fortalecer sus medidas de prevención ante futuros eventos sísmicos.






